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Autopsia, el último espectáculo

¿Nos mueve el circo de la muerte o el interés científico? ¿Qué puede saberse diseccionando un cadáver?

Señoras y caballeros: por favor, desconecten sus móviles y guarden silencio. La autopsia va a comenzar. ¡Focos! ¡Acción! El anatomista alemán Gunther von Hagens comienza su espectáculo, el penúltimo al que hemos asistido en los últimos meses relacionado con la muerte. Lo último va más allá. Una productora de televisión holandesa pretende transmitir en directo cómo se descompone un cadáver en el ataúd.

Una discreta cámara será la encargada de captar la secuencia, que puede ser vista por sus parientes y demás interesados por internet o por televisión. Si el finado ha pasado sin pena ni gloria por la existencia, sin una triste aparición televisiva en su currículo, sus familiares tienen una última oportunidad para remediarlo. Necrocam, así se llama la serie, le ofrece ser famoso. Es casi un acto de justicia. Ya decía Warhol que todos tenemos derecho a unos minutos de gloria. 

Lección de anatomía

No pienses mal; el fin de estas iniciativas es puramente pedagógico. Según Gunther von Hagens, “la gente tiene derecho a conocer cómo es el interior de un cuerpo humano y a saber cómo se lleva a cabo una autopsia”. Nada que ver con el morbo al que incita la televisión. En realidad, la gente ya mostraba la misma curiosidad hace siglos. Sin ir más lejos, el cuadro más famoso con una escena de medicina, la Lección de anatomía de Rembrandt, muestra una autopsia en la que ninguno de los siete espectadores que siguen las explicaciones del anatomista Nicolas Pieterzoon Tulp es médico. 


El cuadro es de 1632, cuando ya era normal hacer disecciones de cadáveres humanos, una práctica que se generalizó en el siglo XV y que marca un antes y un después en la medicina. Juliana Fariña, presidenta del Colegio de Médicos de Madrid y especialista en Anatomía Patológica, explica el paso de gigante que supuso: “Con la autopsia, la medicina se convirtió en ciencia, porque pudieron determinarse con exactitud la causa de la muerte y los efectos de los tratamientos sobre el organismo”.

Desde entonces, la disección de los cadáveres se ha convertido en un instrumento imprescindible para la evolución de la medicina. De hecho, algunos virus, como los del sida y el Ébola, los detectaron los forenses en una mesa de disección, y alrededor del 95% de las enfermedades se han descrito gracias a la información obtenida en una autopsia


Son fundamentales, y sin embargo, los hospitales no consiguen que los familiares de los enfermos muertos den su autorización para practicarlas. Los médicos se encuentran con un muro. Sólo uno de cada diez familiares dice sí al estudio. Aducen desde motivos religiosos hasta puramente estéticos, y utilizan argumentos que van desde lo más juicioso hasta lo más emocional (“A mi madre ni la toque”, le advirtió un hijo con cara de pocos amigos a un médico de Madrid cuando le pedía autorización para la disección). 


Sólo el 5% de los fallecidos en los hospitales españoles pasa por la mesa de disección, lejos del 60% de muchos centros de EEUU y de Canadá. Las cifras hablan a las claras de la calidad de nuestra medicina, porque, aunque a simple vista puede parecer macabro, no lo es: los mejores hospitales son también los que más autopsias practican. 

Consulta póstuma

La disección del cadáver es la consulta póstuma a la que asiste el paciente; aunque sin derecho a réplica, claro. Es un control de calidad del centro, porque permite corroborar la causa de la muerte, comprobar la extensión de determinadas enfermedades, como un tumor, ver los efectos de un tratamiento o de la cirugía, y comprobar el funcionamiento de nuevas técnicas médicas. La práctica y el entrenamiento para la realización de trasplantes también suele adquirirse a través de las autopsias. 


Con la disección del cadáver reconstruimos el itinerario de la salud del enfermo y nos sirve para comprobar si la actuación del médico ha sido o no correcta. Es como una auditoría de la intervención médica, que en ocasiones arroja malos resultados para el profesional, porque detecta errores en el tratamiento. La doctora Fariñas recuerda el caso de un paciente que oficialmente había muerto de linfoma de Hodgkin.

Sin embargo, cuando le practicó la autopsia, comprobó que los síntomas de la enfermedad habían desaparecido: los ganglios eran normales. “¿De qué había muerto entonces? De una neumonía provocada por la bajada en las defensas que se había producido como consecuencia de una dosis de radioterapia excesiva”. De no haberse realizado la disección del cadáver, nunca habría llegado a conocerse el motivo del fallecimiento y, lo que es peor, no se podrían sacar las lecciones oportunas para evitar situaciones similares con otros pacientes.

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