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Todo sobre la Calvicie y sus Daños colaterales

Malas noticias. Si eres varón, la probabilidad de que a los 50 años te broten islas en la cabeza es de un 50%. No bajes la guardia

En graduateblogspot queremos que te gradues en todos los temas del mundo, por eso te dejamos este interesante tema sobre la calvice que afecta a muchos millones de personas en el mundo.

Dios mío! Ahí, ahí están, desafiándome una vez más desde el espejo. Dos simas que se abren paso, como flechas, directas hacia la coronilla. Resignación (o no). Un suspiro, un peinado que mal disimula su surco y a la calle, a encarar un mundo que (lo sé) no mira mis ojos, ni mi traje, ni mi sonrisa… No; mira (y sonríe) ante su propia imagen, que comienza a reflejarse en el espejo, cada vez más límpido, de mi cráneo. Es la agonía de todos (¡todos!) ante el espejo.
Pero, ¿a qué tanto drama? ¿Por qué ese sempiterno desconsuelo mañanero? Están en juego ese día o la vida, depende de quién se mire. Porque todos, y todas, hemos estado, en algún momento, atormentados por nuestra cabeza. Una desmedida obsesión que tiene como centro… un material biológicamente muerto. Más de 1.500 millones de dólares se gastan cada año los estadounidenses en luchar contra la calvicie.

Ahí es nada. Para hacernos una idea, es una cifra similar a la que debía el gobierno estadounidense a la ONU antes de que Clinton consiguiera rascar los bolsillos del parlamento moroso. Una sola empresa china de fabricación de pelucas, Rebecca, que exporta a América del Norte, Europa y África, además de mover 40 millones de dólares al año, utiliza 850 toneladas de pelo para satisfacer la demanda de sus clientes.

Cuestión de autoestima

Y es que el pelo es una cuestión de autoestima, que puede condicionar nuestras relaciones sociales y profesionales. No lo era para aquel ser de aspecto simiesco que tuvo el dudoso honor de ser “padre” del hombre. Nos separan de él miles de años, y muchos, muchísimos pelos. Él los necesitaba, como todo mamífero, para protegerse contra el frío.
Pero he aquí que este homínido comienza a cazar, a guarecerse bajo un techo, a disfrutar del calor del fuego en invierno y del tibio sol sobre su cabeza.
No hay forma de saber cuándo –los análisis de sus restos pueden decir mucho sobre su mandíbula, por ejemplo, pero poco sobre su pelo– comenzó a perder mechones. “Todo son hipótesis”, señala Dolores Marrodán, antropóloga de la Universidad Complutense de Madrid. “El cambio pudo ser apreciable en África, hace unos dos millones de años, en el Homo erectus”, sostiene Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones de Atapuerca, y añade que “la pérdida de pelo tiene que ver con la termorregulación.

La nuestra se basa en un mecanismo único, el de sudoración, que no poseen los primates ni seguramente lo tuvieron los primeros homínidos que vivían en la sombra; en las selvas húmedas, por ejemplo”. Un mecanismo que es incompatible con una cubierta de pelo.

“La sudoración debió aparecer cuando estos homínidos se expusieron al sol, cuando ocuparon ambientes abiertos: un proceso que comenzó con el australopiteco, pero, sobre todo, con los homínidos, que sobrevivían gracias a la carroña”, concluye.
De la importancia del pelo ayer nos habla la Historia; de su relevancia hoy dan pruebas las estadísticas. No hay punki, rockabilly ni skin que no lo utilice como forma de comunicación no verbal. Pero, como en ellos, en todos los humanos forma parte de la información adicional que transmitimos a los otros a través de nuestro aspecto físico, un fenómeno “persuasivo, sutil y sorprendentemente poderoso”, señala Ramón Grimalt, doctor del Servicio de Dermatología del Hospital Clínic de Barcelona.

Cabello e imagen

Numerosos estudios han intentado aclarar la relación del cabello con la imagen social. La intención de voto hacia un político, según un estudio realizado también por Sigma Dos, puede reducirse hasta en un 30% según la cantidad de pelo que corone su cabeza. Y un 92 % de las mujeres elegiría a un hombre con todo su pelo para tener una aventura, según un estudio realizado en 2001 por la empresa que comercializa Propecia, un fármaco contra la caída del cabello.
“La importancia del cabello no deriva de modas o tendencias; es una parte importante del individuo, que nos aporta –o nos resta– seguridad en nosotros mismos, que influye en cualquier etapa de la vida, que nos sirve para interpretar cómo estamos emocionalmente”, sostiene la experta en estética Ángela Navarro.
Pero, ¿por qué influye tanto en nosotros y en los otros el aspecto de nuestro pelo… si es que lo conservamos? “La primera impresión se ve muy influida por la cantidad de cabello”, señala Grimalt.
Se trata de un fenómeno que tiene que ver con la atracción física. Las personas atractivas aparecen, ante los ojos de los demás, con más habilidades sociales, mejor vida sexual y merecedoras de un respeto mayor, sea cierto o no. Y el pelo, lo demuestran estas y otras muchas estadísticas, es una parte importante de ese conjunto de cualidades que hacen, al menos a primera vista, que alguien resulte atractivo.

Negocio a la vista

La industria farmacéutica es consciente de la importancia que la alopecia puede llegar a tener en una persona, y desde hace décadas intenta lograr el elixir que acabe con el problema. Nadie lo ha conseguido, pero la investigación sigue dando pasos para que, dentro de unos años, la calvicie pueda catalogarse entre las enfermedades raras.

Investigadores del Instituto norteamericano John Hopkins y del Pasteur de París han descubierto que inactivar el gen de la queratina (K 17) puede provocar graves pérdidas de pelo temporales, según la formación genética del animal. Los ensayos con ratones demostraron que los que provenían de una mezcla de razas sufrían una pérdida de pelo moderada o severa, mientras que los ratones con pedigrí no sufrían este problema.

Según el director de la investigación, Pierre Coulumbre, “comprender por qué los ratones responden de forma diferente a la ausencia de K17 puede ayudar a comprender qué sucedería en los humanos si se alterase el mismo gen”. Aunque de momento no sabe ni por qué ocurre en los ratones. Hasta ahora, sólo se ha comprobado que la mutación genética del K 17 afecta a las glándulas sebáceas de la piel, y a las uñas.

Resultados más prometedores a corto plazo se anuncian desde México. Un grupo de dermatólogos, encabezados por Carl Bazán, está probando una tecnología denominada Terapia de Impregnación del Cuero, que podría permitir restaurar el cabello a través de la manipulación del folículo piloso. Los investigadores han logrado, con buenos resultados, autoimpregnar un área calva de la dermis de un voluntario con células aisladas de melanocitos. Es una especie de “clonación” de pelo que, de prosperar, acabaría a medio plazo con el autotrasplante de cabello. La llegada de una solución definitiva para la alopecia, además de suponer un cambio en la imagen de muchos hombres, tendría otros efectos, en ocasiones olvidados, pero de gran trascendencia para quienes los sufren.

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Adiós a la ansiedad

Tal vez por eso, las personas que acuden a las consultas de esta especialidad padecen, de forma considerable, síntomas de ansiedad y depresión. “En un 20-25% de los casos, hay un problema psicológico agregado”, señala el dermatólogo Eduardo Romero.
Y es que la barrera entre nuestro cerebro, su equilibrio emocional, su autoestima, su seguridad ante los demás y nuestro cabello es muy fina; tanto, como la piel que lo recubre. De ahí nace la psicodermatología, una especialidad que intenta ayudar a los pacientes en todos los aspectos de su dolencia.

“Nuestro cabello se relaciona con la psicología”, apunta el doctor Grimalt, “en tres vertientes. Por un lado, las enfermedades o trastornos de la piel, sobre todo los del cabello, tienen un impacto psicosocial muy importante: pueden provocar una depresión nerviosa o dificultar nuestra entrada al mundo laboral.

Por otro, el ánimo influye en el pelo: el estrés –que disminuye la circulación periférica y, por eso, potencia la caída– o la ansiedad se delatan en nuestra piel. Males como la tricotilomanía –que sufren las personas que se arrancan cabellos de forma compulsiva– son muy difíciles de tratar; requieren una terapia psicológica que alivie el estrés, el nerviosismo y la ansiedad”.

Con el psiquiatra

“Y por último”, continúa el doctor Grimalt, “existen alteraciones psiquiátricas puras que se relacionan con la piel y el pelo; por ejemplo, ciertos delirios, como el de parasitación –quien lo padece está convencido de estar infectado de bichos– o enfermedades como la dismorfofobia, una alteración de la percepción que, igual que hace que un anoréxico se vea gordo, hace que otras personas se vean sin pelo, aunque el médico observe, asombrado, su magnífica melena.

Las patologías que sufren en su cabello les preocupan, les angustian… Lo psicológico es insoslayable, igual que en el cáncer: para muchas personas tratadas con quimioterapia es esencial vencer la pérdida de pelo; casi tan importante como que el cáncer esté bien operado”.

Del problema de la quimioterapia, precisamente, sabe mucho Ángela Navarro, quien lleva más de tres años ocupándose desde su centro de estética de la terrible experiencia que pasan estas personas. Porque más allá de su mal físico, estos enfermos han de cuidar un estado emocional que va a ser determinante en el transcurso de su enfermedad, un estado que se ve sacudido porque, a los veinte días de comenzar su tratamiento contra el tumor, se ven sin un solo cabello.

“No tengo palabras”, explica Ángela Navarro. “En esos 20 días se encuentran sin imagen, sin su identidad. No se reconocen. La pérdida de su pelo es como una mutilación.” Más aún en casos de niños. Su modo de encarar la enfermedad depende, en gran medida, de cómo se vean. La suya es la prueba extrema de que nuestro cabello no es una cuestión menor. De que, según nos levantemos, según quiera ese pelo rebelde colocarse en una postura digna, depende cómo nos vemos y cómo nos verán los demás, nuestro trabajo, nuestras relaciones… nuestra vida.

Por eso, ante un acontecimiento que percibimos como importante (una boda, una entrevista de trabajo) o ante una situación límite en lo emocional, como puede ser una separación, lo primero que hacemos todos es volver la vista a nuestro cabello, como “el primer determinante de nuestra imagen”, en palabras del dermatólogo Eduardo Romero Nieto, “y la única parte modificable, a corto plazo, de nuestros aspecto”, en las del doctor Grimalt.

Cuando nos enfrentamos a una nueva vida, sobre todo tras algo que percibimos como un fracaso, queremos una nueva cara: “Es la forma de reafirmar nuestro yo”, corrobora Laida. A la luz de sus palabras, ni los 217 e anuales que gastamos los españoles en peluquería, ni el gesto de preocupación ante el espejo, ni la famosa frase “¡Ruper, te necesito!” parecen una exageración

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